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Flotar
He dejado a Rose Mary Taylor, la Pop-pins, y Albertina tomando el té, o cerveza, no sé, bajo el techo de Saint James Tavern, justo sobre la cabeza de Helia y su ordenador portátil. Es lo que tiene Londres: se puede flotar, sobre todo si eres inglés. Hay tradición, y está documentada:
Flotar relaja y genera confianza. Se puede recuperar viejos lazos. Rose Mary y Albertina tienen de qué hablar.
La Prisionera.
ἡμικρανία
Supongo que, como para otras dolencias sucede -cada cual, se dice, sabe de lo suyo-, quien no haya padecido o padezca migrañas, o cuando menos conviva estrechamente con alguien que las padezca /eso apostillaba hace un rato F. acostumbrado a las mías desde hace tanto tiempo/, es imposible que pueda entender lo que le ocurre a una persona bajo la implacable y cruel dominación de un episodio de este dolor.
No digo que sea peor que otros. No digo que no haya otros más intensos.
Pero la migraña anula completamente. Uno desaparece bajo su poder. Deja de existir.
Vuelvo a estas horas de una anulación que ha durado casi cuatro días. Sólo dolor durante ese no tiempo. Intenso dolor: sien izquierda dos días; sien derecha después. Náuseas. Vómitos. No puedes casi andar. No tienes casi reflejos. En ocasiones, pierdes el conocimiento. Por descontado, no tienes pensamientos. Sólo quieres cerrar los ojos y dormir. Y que no duela. Ni tú ni el resto del mundo existís. Es como una gran marea negra dentro de ti.
La migraña se apodera de la Miñana. Bah, qué malo.
Pero es peor pensar que todavía los neurólogos sepan tan poco de ésto.
Sólo hay una cosa buena (siempre la hay, como mala): cuando regresas, cuando te libera el alien, tienes muchas ganas de hacer cosas y estás como limpia, no hay conexiones residuales ni malamente interferidas.
Creo que Albertina (personaje en Pop-pins) es una típica migrañosa.
Migraña—-> del griego ἡμικρανίον hemikranion, literalmente ‘medio cráneo’, concretamente del plural ἡμικρανία (tomo los caracteres griegos /me gusta mucho el jodido griego clásico, aunque se me haya olvidado/ de la wikipedia)
Lo que importa
Prefiero ahora que Helia siga en Londres, porque no puedo ocuparme mucho ni de ella ni de sus exigencias. Ni siquiera puedo dedicarme en este momento a fabricarle la historia que necesita para que su escapada londinense no sea un absurdo hypnopómpico más. Ella quiere algo transcendente. Le he pedido un poco de tiempo para ponernos de acuerdo en cómo vamos a trabajar en Pop-pins. Hemos intercambiado un par de e-mails, porque todavía no me atrevo -ni en estado hypnopómpico- a coger el móvil y llamarla: ¿qué ocurriría?. Me da miedo la colisión de estas dimensiones, lo reconozco. De momento prefiero mantenerlas todavía en paralelo, sin interferirse. Aunque ésto no sea del todo cierto. Pero éso no importa ahora.
En cualquier caso, yo sigo a lo mío de alguna manera. Hay un personaje en Pop-pins ciertamente aglutinador y decisivo: Albertina. Siempre había pensando que Albertina actuaría como transunto simbólico de las experiencias personales e históricas de una determinada generación, en la cual yo he pensado a través de alguién real que conozco de cerca. No cuento más acerca de dicha realidad, porque Pop-pins novela debe conservar su territorio propio. Pero sí puedo decir que me equivocaba de referencia. La persona que realmente hubiera sido capaz de las cuestiones que Albertina tendrá que asumir en Pop-pins, quien inspira la médula espinal del personaje Albertina, es otra que aquella en la que yo había pensado hace tiempo. Es alguien que en estos días se está marchando definitivamente. Y sé que no digo ésto por estar bajo el influjo de la esa especial sensibilidad que se genera en torno a este trance de la desaparición definitiva de alguien muy querido. Simplemente me he dado cuenta de este hecho pre-literario que comparto a base de pensar y pensar durante tantos momentos de estos días, en los que una solamente puede intentar acompañar y esperar con la mayor serenidad posible. Estos días no hay nada más importante. Y tú, Helia, lo sabes perfectamente, por lo que también te corresponde. No obstante, pensar es de todas formas inevitable. Y gracias a ello me he percatado de que no estaba situando bien mi brújula. Lo cierto es que veo mucho más evidente la composición de Albertina: el personaje crece, mientras la persona se va.
Una última cosa por hoy. Desaparición. He situado el marcapáginas en la que hace la número 153 de Dublinesca, la última novela de Enrique Vila-Matas, que tenía sobre la mesa hace tiempo. Me gusta el tratamiento que hace Vila-Matas del asunto de la/s desaparición/es. Creo que que a él el hecho en sí le fascina (en cuanto posibilidad y en cuanto literatura) y le aterra (en cuanto realidad). Pero sin duda lo más abrumador es la desaparición como muerte, y lo es simplemente, como bien apunta Vila-Matas, por la ausencia de testigos del despedazamiento de la identidad (p.141, ed. Seix Barral). Aunque quizás eso sólo sea incapacidad de abandonarse: ¡ay, los griegos! (clásicos, digo).


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