Buscando el centro intercambiable

 

Historia Selección 

 

 

 

 

 

 

El primer amago de escritura creativa que realicé en mi vida, lo reconozco, fue un plagio, como se entendía antes. Y me pillaron. Aunque por equivocación. Se trataba de componer el típico cuento de Navidad. Yo tenía seis años, creo, no más de siete. Iba al colegio público Timbaler del Bruc, en Barcelona, y lo que más me gustaba era leer cuentos y ver televisión (jugar en las bocas del Metro también). En fin, que había que hacer el cuento de Navidad. Desde el punto de vista literario, la Navidad no me ha inspirado nunca jamás. Estaba en un aprieto, pues. No quería tampoco recurrir a los temas típicos de malos redimidos, pobres socorridos y esas cosas que por aquellos años aún eran habituales, y más como elementos aleccionadores de la jauría infantil. Tales temas, aun con tan pocos años me producían una desazón insufrible. Escribir de un día para otro nunca ha sido mi fuerte tampoco. Busqué inspiración, que decía la canción. La colección Historias Selección, creo que se llamaba así, de Bruguera, publicó un montón de buenos títulos clásicos. Yo tenía un volumen dedicado a Dickens. Imposible recurrir al conocidísimo Cuento de Navidad (que me gustaba muchísimo, y que en el fondo no deja de tener un cierto grado de sadismo moral), no quería tanto espíritu navideño ni tan evidente, claro. No recuerdo cómo era lo que escribí finalmente: pero adapté a mi manera el relato titulado El Naufragio del Golden Mary, intentando fundir las emociones y las acciones que en esta narración se pintaban con aquel invocado espíritu navideño supuestamente todopoderoso.

 

 

 

Fracasé. Entregué el cuento, convencida de que no había hecho nada extraño ni malo buscando complicidad en un tipo tan importante como Dickens, reaprovechando una historia que yo sí que había conseguido asimilar como mía en algunos de sus aspectos. Diré que en realidad lo que me parecía natural era compartir con la clase aquella historia dickensiana tal cual: si ya estaba escrita, ¿para qué iba yo de nuevo a contarlo? Evidentemente, sabía que ésto no iba a ser asumido por el sistema educativo tardofranquista y redacté mi versión, bastante cambiada respecto al modelo, creo, pensando que incluso podría ser estimada mi condición de lectora de Dickens y mi capacidad de introducir variaciones (todos estos pensamientos no fueron realmente enunciados silogísticamente por mi mente de siete años, claro: eran como una especie de pálpito, de idea presciente).  Sin embargo,  me quedé absolutamente descolocada, cuando la profesora me devolvió el cuento al día siguiente, con gesto desabrido y diciéndome: te lo has copiado de la película que echaron la otra noche en televisión… ¡¿Qué película??!!! Repuse, estupefacta ante la carambola. No te hagas la lista, dijo ella, hay que usar la imaginación…

 Como he dicho, me gustaba mucho la televisión y la veía habitualmente. Pero esa película, por dios, no tenía ni idea… Además, me desubicó también, cuando la autoridad me abofeteó con su concepto de imaginación, – porque a mí me parecía que tal asunto debía ser otra cosa que pensar historias acomodadas sin más a cada momento o género creativo: no lo formulaba así tampoco, claro, pero era esto. Lo cierto es que si mi maestra encontró concomitancias entre mi desvalido cuento y aquella película, me temo que lo que le impulsó a desecharlo no fue, como ella arguyó, mi falta de imaginación, sino que aquel cuento debía carecer de cualquier atisbo de espíritu navideño al uso. Seguí intrigada algún tiempo por saber cuál era la película que sin intención había plagiado. Abandon ship fue. Su argumento es realmente heavy para la época (en España). Situación: naufragio; un bote salvavidas; sin avituallamiento para todos; muchos días a la deriva; imposibilidad de salvar a todos los naúgrafos; el oficial al mando (Tyrone Power) tomará la decisión de dejar morir a los enfermos… Espíritu navideño, no mucho… Pero todavía sigo preguntándome en qué se parecía mi cuento a todo eso. O, bien, qué clase de niña era yo, qué es lo que escribiría realmente yo para transmitir tal cosa, sin ni siquiera proponérmelo, cuando ni aun hoy me considero capaz de enfrentarme a  un dilema de la envergadura del que propone la película.

 

 

  Os habréis dado cuenta de que este segundo post, un tanto largo, del Proyecto Poppins se ha construido casi como una fábula. Y tiene moraleja en cierto sentido: he comenzado a escribir la novela. No avanzo mucho. Eso no me preocupa, soy lenta. Pero, como siempre, tengo la sensación de estar aprovechándome de un montón de asuntos ya existentes: ideas, recursos, personajes. Tampoco eso me preocupa: la escritura, el arte, siempre ha trabajado materiales de otros, formas y sinergias circulantes; pretender otra cosa parece algo engreídamente romántico. Uno se lo puede creer, pero ello no quiere decir que sea así. Nadie inventa. A estas alturas no hay duda. Únicamente vamos hallando procedimientos, muchas veces reaprovechándolos – casi siempre- en función de nuestra comprensión del tiempo y el espacio. Sólo me preocupa saber dónde ando yo en medio de todo eso, en qué simulación de centro me sitúo para poder levantar el edificio. Quizás no lo sepa hasta el final. Quizás tenga que ir teletransportándome entre diferentes posibilidades de centro. He empezado hablando de Proust, pero eso no quiere decir que vaya a ser Proust el centro, ni siquiera el centro principal. Ya veremos. Ando tan descolocada como cuando tenía siete años.

 

Y ya sabéis que desde este blog estáis invitados a escudriñar en el interior de lo que vaya ocurriendo mientras la novela –todavía unicelular- crece. Uno/dos posts a la semana, y dentro de poco píldoras radiofónicas mensuales en TEA FM.

4 comentarios para “Buscando el centro intercambiable”

  • Quizás la gestación de la novela sea lenta, pero tiene la virtud de ser intrigante y seguramente tanto más original cuanto más abierta al viento de las interacciones con los lectores previamente dispuestos a serlo.
    Tus fábulas iniciales son una buena introducción. Todos tenemos anécdotas que contar de nuestros humildes incipientes pinitos literarios, por eso sabemos que partir de ellas y construir sobre el análisis del mismo proceso creativo es potencialmente fecundo e ilusionante.
    Cuenta conmigo como acompañante entusiasta y entregado de todo este proyecto.
    Muchos ánimos te acompañen.

    Besos.

  • Cosas de la intertextualidad, acuérdate de AR, esa ínclita escritora…
    El parto será lento, pero tiene muy buena pinta, la verdad.
    Besos y ánimos.

  • Cielos, no sabes la alegría que me ha dado volver a ver esos libros, ¡eran maravillosos!, yo soñaba con tenerlos todos. Que vuelta al pasado.
    Recuerdo miles de intentos de escribir cuando era pequeña, hasta la adolescencia.
    Me gustaba comprarme cuadernillos bonitos y arrancaba siempre con una letra impecable (o eso creía yo) que se iba al traste en la segunda o tercera página. A temporadas utilizaba una pluma, me parecía lo más. Yo sí que fabulaba con las películas, si, tengo conciencia de “reescribir” alguna a mi manera y no por eso siento que plagio.
    Como bien dices, construímos nuestro mundo y nuestro imaginario con lo que llevamos dentro…y lo que aprendemos de fuera. Es imprescindible. El valor es combinarlo todo.

  • luisa:

    Gracias a todos por el ofrecimiento de compañía, tan necesario, tan aconsejable. Gracias por acomodaros al ritmo de Pop-pins, que no parece de este siglo. Aunque también lo es, un ritmo disperso, a golpes, a empujones, precario. Gracias por vuestra curiosidad: para Pop-pins es esencial.

    Ybris, estaré muy atenta a ese viento interactivo ú ccuando venga de ti (te sé sabio y buen amigo)/ Escalones: ¿tú crees que podré preguntarle a AR por el truco? / Mima, comaparto la experiencia de los cuadernos y las plumas; y te diré que para mi era un placer copiar: copiar textos era la pera: era comérselos. Yo pillaba libros y copiaba los párrafos que más me gustaban. De profesión: sus copias-:)Bueno, sus citas—:

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Este blog es un making on de la novela en marcha Pop-pins
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